jueves, 28 de febrero de 2008

Creciendo

Entre los piropos que alguna vez me han lanzado, me quedo con el de Irene, ella me dijo que tenía las manos de pianista; sin buscar una mala acepción, supe que hacía referencia a mis finos dedos.


Anoche, mientras corregía un examen me percaté que en la palma de la mano tenía un callo, éste había aparecido por asir una escobar y secar una una pista de fútbol sala. Como es de costumbre en mi, nunca me conformo con la realidad y mi alma de soñador me relegó en el tiempo casi una década, a mi primera incorporación al mundo laboral. Puedo esgrimir en mi curriculum casi una docena de oficios, cuyo rastro ha sido grabado en mi mano, la cual se asemeja al tronco de un árbol, y sobre la que yo, como de si un dendrocronólogo me creyese, extraigo cada oficio.


Actualmente carezco de una extraordinaria memoria, me valgo de palabras o hechos para recordar personas y lugares; creo que llegará un día en que mi único recuerdo se quedará en mis manos, puesto que mi cabeza se alimentará de senilidad y por ella lor recuerdos vagaran si ton ni son.


Puede que cada noche el aroma de los pasteles, las naranjas, la pintura, las cartas... penetre en mi procedente de las manos; o puede ser que ni tan si quiera sepa lo que ellas me han de recordar.


Creo que en esta vida es necesario trabajar, no en vano hasta los ricos en ocasiones los recuerdan porque como dice el refrán: trabajar es salud.



Para Beatriz, perdón Bea.

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