sábado, 19 de abril de 2008

El viaje a ningún sitio

Su alargada sombra enmudece mi ser, por momentos no reconozco al muchacho que con 9 años nos deleitaba con volteretas y acrobacias. Todo sobre un espectacular cuerpo, semejante al de los artistas chinos: pequeño y pleno de musculosidad por doquier centímetro de su cuerpo.Ahora todo son vestigios de lo que fue un formidable y fortachón juvenzuelo.

Hoy su cuerpo se arrastra por un caminar ambra, el que caracteriza a las girafas y las hace inconfundibles. Su cuerpo se ha aquijotado, su alma calbaga un Rocinante famálico, y que en ocasiones se confunde con un podenco hambriento.

En este mundo siempre hay un momento en el que Demonio te tienta, tal y como nos lo describe Chesterton en las misivas que envia Escrutopo a su sobrino Orugario; su tarea no consiste más que en hacer el mal, un mal que destroce a la persona y para ello se ceba con los más profundo y limpio que tenemos, el alma. Salvador, la tenía impoluta hasta que las drogas y demás estupefacientes se apoderaron de él, no sólo físicamente, sino también atañeron a su parte psicológica, sin duda las más perjudicial, puesto que su recuperación parece imposible.

Salvador ha sido humillado constantemente por aprendices de personas, en muchas ocasiones sólo quería un trago de cerveza o una calada de porro; para ello vendió su entereza a cambio de la risotada de eternos payasos.

Nuestra última conversación tuvo como resultado el empañamiento de mi lagrimal, ¡no me creo que se abalanzara contra mi de esa forma! Sentí el abrazo del hijo pródigo que pide disculpas a su padre por el mal que le ha hecho. Fue un abrazo tosco y seco, pero muy sentimental. En su pálido hablar distinguí mucho sufrimiento y aun más arrepentimiento.

Ahora sé que la vida no siempre nos aporta una segunda oportunidad para rectificar nuestros errores, porque hay errores que no te advirten de los efectos secundarios.






P.D: siempre hay que ver quien es el que nos vende el billete para iniciar el viaje.

2 comentarios:

Quico dijo...

Cuando lo conocí creo que ya no tenía remedio, y eso fue muy pronto, damasiado pronto.

MACHADO dijo...

Hubo un momento durante nuestra niñez en el que la Palza Mayor marcaba el límite, todo aquello que se extendía más allá de ella era considerado territorio comanche, Salva fue de los que lo hizo, además de manera prematura, lo cual le supuso encontrase en esta situación.