El otra día me inmiscuí en una conversación entre dos alumnos, el tema en cuestión era la suerte, a cierta edad pensamos que todo es cuestiópn de suerte: el que te salga en un examen las preguntas que te has estudiado, el ir a la discoteca y esté el/la chico/a que te gusta, que el balón entre en la portería, que el acné no se pose en mi frente... Pero yo siempre cuestiono lo que nosotros entedemos por suerte.
A raiz de esta divación, me vino a la mente una historia cuoy origen desconozco pero pienso que bien es china o bien es nazarí. La historia en cuestión muestra claramente que la percepción de la suerte siempre es a partir de uno mismo, de manera que lo que a mi me parece mala suerte a otro le parecerá buena.
Yo hace tiempo que dejé de creer en la suerte, y menos en pensar que tengo suerte. Creo que disponemos de capacidades suficientes para desallorarlas, y que en el desarrollo de las misma puede que la cosa no te salga bien. A mi parecer, es más justo hablar de providencia o designio para aquellos que tenemos creencias religiosas, para los que no las tienen la suerte es el sortilegio que guía sus vidas.
He aquí un extracto de la historia a la cual hacía referencia con anterioridad:
Un labrador perdió el caballo que utilizaba para las tareas rurales, que aparentemente, se había escapado hacia las montañas. Los vecinos, cuando se enteraron, lo fueron a ver.
-Qué mala suerte, decían.
Y el viejo labrador respondía:
-Mala suerte, buena suerte, quién sabe.
A los pocos días volvió el caballo y con el venían varios más.
Los vecinos, entonces, admirados, decían
-¡Qué buena suerte!
Y el labrador repetía:
-Buena suerte, mala suerte, quién sabe.
A los pocos días el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos, cayó al suelo y se fracturó la pierna.
Otra vez, los vecinos lo visitaron y al ver al joven postrado, decían:
-Qué mala suerte!
Sin embargo, el labrador volvía a repetir:
-Mala suerte, buena suerte, quién sabe.
Al otro día llegó el ejército y se llevó a todos los jóvenes en condiciones de combatir. Dejaron al hijo del labrador, que estaba inmovilizado.
Mientras veía a los soldados alejándose, el labrador reflexionaba en voz alta.
-¡Mala suerte, buena suerte!, quién sabe
-Qué mala suerte, decían.
Y el viejo labrador respondía:
-Mala suerte, buena suerte, quién sabe.
A los pocos días volvió el caballo y con el venían varios más.
Los vecinos, entonces, admirados, decían
-¡Qué buena suerte!
Y el labrador repetía:
-Buena suerte, mala suerte, quién sabe.
A los pocos días el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos, cayó al suelo y se fracturó la pierna.
Otra vez, los vecinos lo visitaron y al ver al joven postrado, decían:
-Qué mala suerte!
Sin embargo, el labrador volvía a repetir:
-Mala suerte, buena suerte, quién sabe.
Al otro día llegó el ejército y se llevó a todos los jóvenes en condiciones de combatir. Dejaron al hijo del labrador, que estaba inmovilizado.
Mientras veía a los soldados alejándose, el labrador reflexionaba en voz alta.
-¡Mala suerte, buena suerte!, quién sabe
Puede ser...es un título suculento para una canción... aquí está la misma en tres formas diferentes, supongo que para gustos los colores, ¿y para suerte? seguramente el conocernos.
1 comentario:
Hay circunstancias negativas y positivas que se nos escapan, las podemos llamar suerte si queremos. La mayoría de las veces catalogarlas como suerte es cuestión de semántica. Aunque si lo tienes del todo claro, puede que sea providencia... Lo que si es verdad es el ejemplo que pones, es algo muy común considerar como cuestión de suerte las circunstancias que te han hecho conocer a alguien que aprecias.
Au cacau.
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